Entró un huracán a mi casa. Yo le abrí la puerta cuando lo vi venir y me senté a esperarlo en la sala. Con los huesos en contorsión observé la voluntad del cuerpo y mi consciencia en raíz. He olvidado el dolor pero aún me mareo. Nunca más se fue. Las cosas cambiaban de sitio todo el tiempo y se estrellaban contra las paredes. No tenían vergüenza. Entre el vendaval perdí los 13 años de mi gata. Los días eran noches y meses. Yo llanto, jaula sin salida, cuerpo herido, larga sacudida abandonada. Sólo un rayo de luz rebotaba llenando la cocina de mariposas. A veces un auditorio entero reía a oscuras, sin poder verse entre sí. Lo demás era niebla, rugido de incesante viento, un tierno enloquecer infinito. Me llevé la borrasca conmigo a otra casa y otra, y otra. Crucé un océano con ella en el cuerpo. Por fin el agua le restó fuerza. Llegó como brisa, apenas bocanada, aunque yo seguí girando. Girando. No supe cuándo me puse en pie y el piso ya no se balanceaba. Arraigué. No poseía nada más que las mariposas multiplicadas, pero me atravesaba un amor de infinita luz en transparencia. Uno que son muchos y simultáneos. La voz de mi cuerpo es serena y omnisciente. Ahora descubro las palabras, como quien aprende a hablar con la cara cubierta después de tocar el piano. Las acaricio, lengua maravillada, y el sabor de su barro explota entre mis manos. Algunos días extraño en el cuerpo lo untuoso de la laca de garanza a través del océano pero la vivacidad de la imagen escrita en mi propia sombra me emociona. Y su sutileza. Algún día volveré a pintar.